sábado, 20 de julio de 2019

CARLOS GORRICHO, CON MÁS VIDAS QUE UN GATO



"Cantar en un coro puede ‘salvar’ a muchas personas”
“He nacido tres veces y no quiero sufrir más”

Representante de los más de 4.000 cantantes en coros navarros, fue un niño cantor en la escolanía desde los 6 años. Su vida la ha marcado un compás de tres por cuatro: las partituras, su oficio de carnicero, las enfermedades y los hospitales

Carlos Gorricho cuenta que ha nacido tres veces. Y lo hace con tanto entusiasmo que no deja indiferente a su interlocutor. Celebra su cumpleaños el 10 de agosto, el día que llegó al mundo en Vitoria hace casi 55 años; el 4 de octubre, cuando le trasplantaron el único riñón que limpia su sangre; y el 6 de abril, cuando se recuperó de un aneurisma cerebral (dilatación de una vena) que le mantuvo ‘muerto’ durante ocho días. “Después de tantas oportunidades que me ha dado la vida, no lo voy a pasar mal por tonterías. Quiero disfrutar y elegir a mis amigos, a los que puedo contar con los dedos de una mano”. Carlos Gorricho Otermin resume así los episodios más importantes del libro de su vida al otro lado del teléfono, desde la habitación de un hotel en Suances (Cantabria). Son las 11 de la mañana del 9 de julio, se interesa por las inundaciones que asolaron la Zona Media el día anterior (’¡vaya drama!’, se solidariza) y se alegra de haber “huido” de los Sanfermines. “Vente a la playa en cuanto puedas- anima- Aquí se está de maravilla”. Presidente de la Federación de Coros de Navarra desde 1992, un colectivo que representa a más de 4.000 adultos y niños, su vida se ha movido al ritmo de un compás de tres por cuatro. Y ha girado entre las partituras de las melodías que su voz de bajo ha cantado y dirigido; las pechugas de pollo y las ‘txistorras’ de las carnicerías en las que ha trabajado y del negocio de venta de jamones que impulsó con un socio; y la diálisis, las operaciones y la rehabilitación y el volver a empezar en los hospitales.
De su madre, Ana Mari Otermin, de Lerín, heredó su buen oído, su “maravillosa” voz y también una enfermedad genética del riñón, que a ella le arrebató la vida a los 60 años, tras dieciséis de diálisis. Esta herencia lleva el nombre de poliquistosis de riñón, una patología por la que crecen quistes de gran tamaño en estos órganos, que los inhabilitan y por la que a él tuvieron que extirpárselos. Alumno del padre José María Goicoechea, de la Escolanía de los niños cantores de Navarra (en el antiguo colegio de los Redentoristas, frente al desaparecido cine Carlos III de Pamplona), sigue transmitiendo sus enseñanzas a los diecinueve hombres y mujeres que integran el grupo vocal que ahora dirige, ‘Elkhos’ (sin ‘h’, herida en griego). Soltero y sin hijos (“nunca he querido tenerlos para no transmitirles mi enfermedad), le concedieron la ‘invalidez permanente’ hace seis años, cuando le trasplantaron el riñón en 2013 y ahora dedica toda su vida a los coros. “Al cantar siento una ilusión eterna, maravillosa... Y ser director es mi mayor sueño pero por ellos, los cantantes, que son la mayor pasión”.
Canta desde niño, ¿por tradición familiar?
Mi madre había vivido en Sevilla con unos tíos y aprendió a cantar y bailar. Lo hacía muy bien pero quería regresar a su pueblo con su familia. Mis padres eran los de Lerín y, recién casados, emigraron a la capital alavesa para trabajar: mi padre, en un taller mecánico y mi madre, limpiando casas. Y allí me llevaron a la Escolanía Samaniego. Mi padre murió a los 38 años en un accidente laboral, porque una máquina le reventó por dentro. Yo tenía 6 años y casi no me acuerdo de él. Solo me visualizo llevándoles las zapatillas cuando llegaba a casa. Recuerdo que eran de color verde pero no consigo ver su cara. ¡Qué curioso! ¿No? Cuando murió mi padre, regresamos a Pamplona pero yo no tenía plaza en ningún colegio y me quedé en Lerín con mi tía María. Suerte que mi madre habló con el padre (José María) Goichoechea, de la escolanía de los Redentoristas, y él la animó a que me llevara a hacer una prueba. Y me puse a cantar ‘Con flores aaaaaa María’ (la entona y se ríe). Me cogieron y empecé las clases en ese colegio (ya desaparecido y que luego se trasladó al colegio público de San Jorge y más adelante al de la calle Compasión, en el Casco Viejo) y a cantar en la escolanía.
Como en la película ‘Los chicos del coro’ pero sin internado.
(Se ríe). Allí estuve cantando hasta los 17 años. Al principio, éramos solo niños. Pero los últimos tres ya vinieron algunas chicas (Merche Bretos, Cristina Sevillano, Raquel Andueza...), que luego han sido muy buenas. Cantábamos todos los sábados y domingos en las misas de ocho y nueve de la noche. En los ‘intermedios’ nos íbamos a jugar al patio.
Usted compaginó ese aprendizaje con estudios reglados en el conservatorio Pablo Sarasate.
Sí, estudié solfeo, armonía, piano, historia de la música, estética y canto (con grandes profesoras como Paloma Pérez Íñigo o Mari Carmen Arbizu). A los 17 años, cuando dejé la escolanía, fundé mi primer coro, ‘Aizaga’, del que fui director. Y en 2004, ‘Elkhos’, el que dirijo ahora. También he ayudado a otros coros, como uno de enfermeras en el hospital.

‘Vida, energía y pasión’

¿Qué siente cantando?
Una ilusión eterna, maravillosa... Y ser director es la mayor ilusión. Pero no por mí sino por ellos. A veces me retiro y les dejo cantar sin mí, sin su director. Yo lo puedo estropear y ellos son la pasión
¿Cómo definiría los sentimientos que le provoca la música?
Para mí, es l a vida. Pero sobre todo, la energía, la pasión, el dolor, el enfadó. En definitiva, lo es todo.
¡Con razón lleva casi treinta años (desde 1992) al frente de la Federación de Coros de Navarra!
¡Pero siempre como voluntario! Es un colectivo sin ánimo de lucro y nunca hemos cobrado ni un duro. La federación integra a 72 coros navarros (la mayoría, aunque algunos no quieren sumarse): 3.800 adultos y 500 niños.
Unos cantantes son grandes profesionales y otros, aficionados, que lo hacen para divertirse.
¡Pero para mí son todos iguales por la labor social que desempeñan! Entre los cantantes hay maestros, médicos, parados, jubilados... ¡A mucha gente, cantar en un coro le ha ‘salvado’ la vida! Yo suelo ir mucho a los conciertos y siempre hay personas que me dicen: ‘¿Te acuerdas que hace un año me quedé viuda?’ ¡Pues aquí me lo estoy pasando muy bien!’ Además de cantar, se organizan viajes, conciertos, cenas...
Dentro de esa labor social, usted ha impulsado el ‘Ciclo Coral Internacional’ en Navarra, que este año cumple sus bodas de plata.
Fue una iniciativa mía con el apoyo de quien era entonces el director general de Cultura del Gobierno de Navarra, Tomás Yerro (catedrático de Lengua y Literatura y último premio Príncipe de Viana de la Cultura). Desde entonces, hemos traído coros de todo el mundo a muchos pueblos de Navarra. Y este año, por el veinticinco aniversario, vamos a hacer algo muy especial...
¿Se puede adelantar el secreto?
¡Sí! Quiero organizar un concierto con un coro de Indonesia en Lerín, el pueblo de mis padres y el Tomás Yerro. ¡Y él será el homenajeado! Me consta que lo está pasando muy mal por su enfermedad (leucemia). Y, como yo también he sufrido mucho por la salud, se lo quiero ofrecer. ¡Se lo merece! (En el ciclo participarán 32 coros y actuarán en varias localidades entre el 24 de octubre y el 3 de noviembre).
¿Cuál son sus compositores favoritos? ¿Y su estilo preferido?
Me gustan todos. Unos más que otros pero, sobre todo, los compositores que me han ofrecido obras para estrenos, para mí y mi coro. Son ‘musicazos’ que me conocen y me aportan obras que serán estrenos mundiales para mi coro. Esa es mi vida: mi ilusión y mi amistad con ellos. Gente que me quiere y respeta. Esa gente es de España, Cuba, Venezuela, Francia, Argentina... La última dedicada fue la de Electo Silva, el padre de la música cubana que murió hace dos años y ya nadie se acuerda de él. A su hijo le pedí el poema y la música de Beatriz Corona, amiga mía y una de las mejores compositoras de Cuba. ¡Esa dedicatoria para mí es mi vida!
Tras sufrir el aneurisma cerebral el año pasado, perdió el habla durante un tiempo. ¿Pensó que no iba a volver a cantar?
Yo tenía voz y creía que hablaba bien (se ríe). ¡Pero la gente no me entendía nada! Cuando me llevaron al logopeda, tuve que volver a empezar a hablar y a decir ‘hola’ y ‘adiós’. Nunca pensé que no iba a cantar porque yo creía que hablaba bien. Menos mal que luego recuperé el habla. Ahora solo me fallan algunas palabras.
¿Y cómo es su vida cotidiana? ¿Echa de menos el trabajo?
Terminé COU en Irubide (el IES Padre Moret, en la Chantrea) y mi madre me dijo que no había dinero para ir a la universidad. Pero no me importó. Tenía unos primos de Lerín con carnicería. Yo les ayudaba en los verano de estudiante, aprendí el oficio y a los 18 años, empecé a trabajar con ellos, en la empresa Larrasoaña. Entre semana, trabajaba en la fábrica (en Echavacoiz) y los fines de semana, como me decían que se me daba bien estar de cara al público, en las carnicerías, como la de San Juan (enfrente de la parroquia de la Asunción), la de la calle Mayor... Más adelante, con un socio (José María Irurzun,) fundamos una empresa y vendíamos jamones a supermercados. ¿Que si lo echo de menos? Ahora estoy dedicándome totalmente a la federación. Pero me gustaría ponerme a estudiar a distancia o en la universidad de mayores...
¿Usted canta en la ducha?
(Risas). ¡Tres veces al día! Es que soy muy limpio, je, je...
Corría el verano de 2012 y Carlos Gorricho empezó a encontrarse mal. La tensión alta le alertó de que estaba empezando a desarrollar los mismo síntomas de su madre (fallecida a los 60 años hace ahora dos décadas), su hermano y algunos de sus primos y sus hijos. “Sabía que me iba a tocar”, cuenta refiriéndose a la poliquistosis de riñón, enfermedad de origen genético, con epicentro en su familia materna. “El 3 de agosto de ese año, empecé la diálisis y el 8 me quitaron el primer riñón, que pesaba 8,3 kilos”. Y sigue narrando un relato salpicado de cifras y fechas, claves en su vida.
¿Cómo fue vivir con diálisis? (tratamiento médico que consiste en eliminar de forma artificial las sustancias tóxicas de la sangre por una insuficiencia renal)
Es una esclavitud. Al principio, iba tres días por semana al hospital y luego pedí hacérmela por la noche en casa. Uno de esos días, el 4 de octubre de 2013, a las dos de la mañana, recibí una llamada en el teléfono fijo de mi casa. Antes habían llamado al móvil pero no lo escuché. Eran médicos de la Clínica Universidad de Navarra (CUN): había un riñón para mí. ‘¿En serio?’, les pregunté. ‘Sí, sí, venga a hora mismo’. Así que me desconecté de la máquina, me duché y fui a la clínica. Había dos riñones y cuatro posibles receptores (dos para cada uno). Durante seis horas nos hicieron pruebas a todos y ¡tuve mucha suerte porque fui seleccionado! Otros se tuvieron que volver a sus casas... Lo pasé muy mal por la incertidumbre pero todo salió genial y a los quince días me dieron el alta.
¿Y la vida tras el trasplante?
¡Una maravilla! ¡Volví a vivir! A los seis meses de la intervención, el 24 de marzo de 2014, me volvieron a ingresar para quitarme el otro riñón, que también pesaba mucho. Así que ahora vivo solo con un riñón, el de una mujer de 62 años. Habitualmente no se suele saber nada de la identidad del donante pero, creo que por error, figuraba en mi informe...
Así que otra vez la vida normal.
Bueno, tras el trasplante me dieron la incapacidad absoluta a los 49 años. Desde entonces me dedicó por completo a la federación y a los coros. Como no podía ser de otra manera, defiendo la donación. ¿Para qué sirven los órganos una vez muerto?
Todo discurrió con normalidad hasta que la muerte, otra vez, se interpuso en su camino.
El 9 de febrero de 2018, estaba tranquilamente en mi casa (en Orvina). Me duché pero me senté en el sofá porque me sentí mareado. Llamé a una amiga para que me enviaran una ambulancia “de las buenas” (se ríe) porque yo veía que era algo grave. Recuerdo que llegaron los sanitarios y cuando me estaban poniendo las piernas en la camilla, me quedé “muerto”. Había sufrido un aneurisma cerebral (dilatación de una vena o arteria en el cerebro) y durante ocho días no me desperté.
¿Qué recuerda de esos días?
Ya sé que suena muy raro pero hablé con mi madre y con mi abuela, que llevaban muertas muchos años; y con el padre de una amiga. Hablé con ellos como si estuviera tranquilamente sentado en la cama. Me contaron cosas que iba a suceder a personas cercanas... Y así ha sido. Me doy cuenta de que yo tengo un sexto sentido y percibo sensaciones.
Tras el aneurisma, dice, volvió a nacer. ¿Le quedaron secuelas?
Tuve que hacer fisioterapia en Ubarmin porque al principio no podía mover el brazo y la pierna derecha y fui al logopeda porque había perdido el habla. Pero ahora, salvo porque se me olvidan palabras, estoy muy bien. Volví a vivir gracias a una amiga.
¿Qué ha aprendido de todo esto?
Que después de nacer tres veces, no quiero sufrir y he optado por no pasarlo mal en la vida.
Carlos Gorricho Otermin, de padres de Lerín, nació en Vitoria el 10 de agosto de 1964. Huérfano de padre a los 6 años, regresó entonces a Pamplona con su madre y su hermano y comenzó a estudiar en el colegio de los Redentoristas y a cantar en la Escolanía de Niños Cantores de Navarra. Con 20 años, fundó el Coro de Cámara Aizaga y desde 1992 dirige la Federación de Coros de Navarra de manera voluntaria. Titulado por el Conservatorio Pablo Sarasate, dirige ahora otro coro (’Elkhos’, que impulsó en 2004). Fue carnicero y tuvo un negocio de jamones hasta 2013, cuando un trasplante de riñón le ‘regaló’ la incapacidad absoluta a los 49 años.

SUS FRASES

“Mi madre era de Lerín pero vivió en Sevilla donde aprendió a cantar y bailar. El oído y el amor por la música lo he heredado de ella”
“Al cantar y al dirigir un coro siento una ilusión eterna y maravillosa. Es mi vida, mi energía”
“Para mí, todos los coros son iguales y tienen una gran labor social. Cantan médicos, parados, jubilados... Les sirve para hacer amigos y divertirse”

(Entrevista de Sonsoles Echavarren para Diario de Navarra)

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